Slinky de Link Wray (1959) en un tocadiscos
“Aun a riesgo de sonar estúpidamente tolerante y encabritar al vecino que tiene que soportar música a horas intempestivas, debo reconocer que el merengue que salía despedido de un piso del Poble Sec el otro domingo por la tarde iluminaba la calle Blai de un modo especial, me hablaba de su vecindario, de la casa desde donde provenía…”
julio 2010 | biblioteca
por Nativa
publicado enHace unos cuantos martes, entrevistando al músico estadounidense Joe Henry, entendí por qué me resulta más evocadora la música cuando suena en el comedor pero la escucho desde una habitación. "Si escuchas desde tu habitación un disco que has puesto en el comedor no estás oyendo sólo esa música. También oyes el sonido de la habitación, escuchas el efecto de la música chocando contra las paredes y así recibes también información sobre la forma de tu habitación. La distancia da dimensión a la música, pero si te quedas delante del altavoz la música no entra en contacto con el mundo que tiene a su alrededor. Y eso marca una gran diferencia".
Después reforzó su tesis con una cita aproximada de Tom Waits: "La música suena mucho mejor a través de unos altavoces malos instalados en otra habitación". Pero la clave de su revelación estaba en la frase anterior, en esa idea de la música que entra o no entra en contacto con el mundo que le rodea. Colgué el teléfono y pensé que quizás esta reivindicación formal y ética de la tridimensionalidad de la música también podría explicar por qué cuando ando por la calle y oigo una canción que proviene del balcón de un segundo piso me sugiere más cosas que si la escucho en un club cerrado.
La industria musical (sector electrodomésticos) está fundamentada en la idea de audición cerrada y privada. Los auriculares (aparatos a los que estaré siempre agradecido porque permiten la escucha en movimiento) son sólo el eslabón más individualista de una gama de productos concebidos para proporcionar una audición perfecta; entendiendo como perfecta esa que no se verá afectada por ningún elemento del entorno exterior. Incluso los intentos de generar escuchas tridimensionales (esos equipos e incluso giras de conciertos con un sonido 5.0) pasan por la creación previa de un entorno cerrado y totalmente inmune a lo que ocurra fuera del recinto.
Aun a riesgo de sonar estúpidamente tolerante y encabritar al vecino que tiene que soportar música a horas intempestivas, debo reconocer que el merengue que salía despedido de un piso del Poble Sec el otro domingo por la tarde iluminaba la calle Blai de un modo especial, me hablaba de su vecindario, de la casa desde donde provenía… Obviamente es un caso del que se pueden derivar no pocos conflictos de convivencia, pero también es un ejemplo de escucha empapada (no aislada) de su entorno, enriquecida por éste; un ejemplo de cómo la música comunica y no aísla.
Aquí el plus no lo daba la marca del altavoz, el grosor de cableado, ni la potencia del amplificador. La clave era la ventana, que estaba abierta.
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